En las laderas andinas, donde las mañanas empiezan envueltas en neblina y el sol tarda en asomarse entre terrazas verdes, pequeños productores cultivan un café que guarda la esencia del Perú profundo. Cada grano nace en parcelas familiares situadas entre 1.000 y 1.800 metros, donde el tiempo sigue el ritmo de la tierra y no el del reloj.
Las variedades tradicionales —Typica, Caturra, Bourbon— crecen bajo sombra, entre suelos fértiles y aire frío de montaña. Allí, el café no es solo cultivo: es herencia. Se recoge a mano, cereza a cereza, escogiendo solo las más maduras, como si cada una llevara una historia dentro.






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